viernes, 16 de octubre de 2015

PRIMAVERA A LA FUGA

                                                            

Fragmento del espectáculo Que volvan as flores, en el  
Xardín Municipal de Carballo

Teatro-Danza :  Rut Balbís, coreógrafa e interprete, presentó ayer,viernes 27 de marzo, en el Auditorio Municipal de Ourense, Que volvan as flores, la nueva propuesta de danza contemporánea de la compañía gallega Pisando ovos.

Hace apenas diez días que la primavera se ha asomado a nuestras vidas. La primavera, esa época del año en la cual, como si de una cebolla madura se tratase, nos desprendemos de todas las capas de abrigo, pesadas e innecesarias. La primavera, benigna estación asociada al nacimiento, a la vida, a la creación, en definitiva… ¡qué mejor y más adecuado que un día de la recién estrenada primavera para disfrutar de un espectáculo titulado Que volvan as flores!

- Vais a ser muy pocos, se ha limitado el aforo a doscientas personas porque es un espectáculo muy íntimo - comenta la taquillera mientras me hace entrega de mi entrada. Gracias a este simple comentario, mis expectativas crecen de manera exponencial: las piezas representadas en petit comité siempre suponen un plus de exclusividad, de sentirse como parte de “los elegidos” para vivir un acontecimiento único y especial.

Y, desde luego, no cabe duda de que el espectáculo se vende como un bocado exquisito, una experiencia irrepetible. Tanto que, según palabras de su creadora y única interprete de la pieza, Rut Balbís, Que volvan as flores es “una práctica sobre la creación de imágenes en el momento. Por eso, la pieza se reconstruye  cada vez que se representa,y la variación es una característica constante”[1]. Mi expectación es máxima: no solo se trata de una obra que nunca se representará dos veces de manera idéntica – concepto consustancial a la escena dramática - sino que, precisamente, parte del concepto del buceo y la búsqueda en las entrañas de la creación artística para ofrecer en cada actuación una pieza única.Cinco minutos antes de las ocho y media, ya estamos congregados todos los espectadores en la entrada del auditorio. Somos pocos. Muy pocos. Y en grupos pequeños. Se respira un ambiente de claustro de monasterio franciscano. Pequeños grupos motean el recibidor y se escuchan murmullos. Tampoco faltan a la cita las carreras de última hora hasta los lavabos: nada debe perturbar nuestra atención una vez comience el espectáculo (y menos todavía una de esas simples e inoportunas necesidades físicas). Ocho horas treinta minutos: se abren las puertas. Entramos en completo s y, en ese momento, me vienen a la cabeza las palabras de la taquillera acerca de la intimidad de esta representación: dos filas de sillas y unas gradas portátiles están alineadas en semicírculo en el mismo escenario. Así pues, vamos a sentir desde las mismas tripas lo que Balbís nos quiera contar.



El escenario, minutos antes del comienzo de la obra
Después de sortear, cada uno como puede, las dificultades provocadas por  una penumbra que permanecerá durante toda la pieza, nos sentamos. En lo que resta de escenario libre, la intérprete, Rut Balbís, está haciendo unos estiramientos, ajena a nuestras penalidades y tropezones varios para tomar asiento. Manchas que semejan flores visten a la intérprete y unas recias rodilleras negras abrazan sus rodillas. La escenografía que la arropa consiste en veinticinco sillas de plástico y metal – cortesía del local - desparramadas por todo el escenario.

Sin embargo, y a pesar de que todo parece conjurado para asistir a un metafórico comienzo de la primavera, el espectáculo no llega a florecer. La mayor parte del tiempo vemos a la intérprete colocando, amontonando, dispersando, tirando y llevando de un lado a otro las sillas sin intención conocida. De cuando en vez, Rut descansa de ese furor ordenador y se sienta detrás de una mesa de sonido. Con expresión ausente, programa una canción y ejecuta algunos pasos de baile. Luego, más movimiento de sillas. Sentada otra vez. Otro fragmento musical y un minuto de danza.



   La coreógrafa Rut Balbís en uno de los momentos de la pieza
Me siento un poco idiota, no entiendo nada -comenta, pasada media hora, una chica rubia sentada en la grada situada detrás de mí. Y no es la única. Yo acabo de hacer mi tránsito desde la extrañeza al aburrimiento, sentimiento de lo más inquietante si se apodera de ti durante un espectáculo que, supuestamente, pretende entretener o fascinar.


Un rayo de esperanza aparece en el momento en el que la bailarina se coloca una máscara que simula una cabeza de vaca. - ¡Buen golpe!, seguro que a partir de ahora, la cosa se arranca-, pienso confiada. ¡Meeec! ¡Error! Otra vez la misma secuencia de sillas y “minibailes”, con la única diferencia de que ahora su cara está tapada. En ese momento comienzan a escucharse diversos ataques de tos que provienen de puntos distantes entre el público. El treinteañero que está sentado a mi lado se mira con atención las uñas…a oscuras. Parece ser que el sentimiento de comunión comienza a desvanecerse y la realidad hace su nada sutil entrada. Para acabar de romper la poca magia que se pueda haber creado hasta ese momento, comienza a sonar un móvil (está claro que si desde megafonía no se avisa con tono acusador de que se apaguen los dispositivos electrónicos siempre habrá algún despistado o enamorado de la tecnología que no se dará por enterado. El sonido de ese móvil me recuerda a mi odiado vecino que todos los días me despierta de buena mañana - ¡oh, casualidad!- con idéntica melodía. Es entonces, en el momento que noto que mi mente vaga por lo prosaico del día a día, cuando comprendo que ya todo está perdido, que venía dispuesta a disfrutar del aroma de fascinantes flores y me encuentro divagando en un helado erial. 


  Rut Balbís en uno de los momentos finales de Que volvan as flores
Esta impresión no se borra con el desnudo completo de la intérprete a cinco minutos del final. Tal y como podíamos prever, Rut Balbís nos muestra un cuerpo atlético y con cero grasas añadidas. Esa silueta andrógina continua la infinita secuencia de sillas y baile y, acto seguido, coge una de esas sillas y sube las vertiginosas escaleras que llevan al control de luces del auditorio. A mitad de camino abandona la silla y, con su  máscara vacuna y su fibroso desnudo, sale de foco y finaliza la obra. Tal cual. Aplausos breves y tímidos entre los que se animan a aplaudir, que no son todos.

Me recorre una sensación agridulce. Esperaba ver una explosión de imágenes, un florecer creativo y, sin embargo, el Edén prometido no apareció ¿Por qué, si el jardín tenía a priori todos los elementos necesarios: un terreno fértil con un público entregado y una escenografía sugerente, una música evocadora y, sobre todo, una “jardinera” como la brillante y dotada Rut Balbís? ¿Por qué no llegaron las prometidas y ansiadas flores? Sencillamente, porque todavía no es época. Ayer solo faltó ese soplo de inspiración que hace que las ideas broten y que surjan las imágenes que capturen al espectador. En Que volvan as flores sigue resistiendo el frío invierno. Pero con tan buenos mimbres, no me cabe duda de que en próximas representaciones esa primavera creativa brotará con fuerza y nos envolverá. Seguiremos esperándola.





[1] Traducido por la autora de la cita original en gallego: “unha práctica sobre a creación de imaxes no momento. Por isto, a peza reconstrúese cada vez que se representa, e a variación é unha característica constante”

No hay comentarios: